Archivo | mayo, 2010

26…

26 may

“Mirábamos y veíamos números donde en realidad hay almas”

Sí, yo soy de esas obsesionadas con los números, fechas y datos.  Procuro saberme los horarios de memoria, ser puntual siempre, acordarme de todos los cumpleaños de la gente que me importa -sin necesidad de que las redes sociales me hagan memoria- y me obesiono con los dìas especiales olvidando que muchas veces, lo que más importa, es la gente, “las almas” que hay tras todos esos números preestablecidos sin razón más aparente que la de organizar -o incluso encasillar demasiado- nuestras vidas y nuestros caminos.

Y hoy, como cada 26, ha sonado esa campanita irritante en mi cabeza que me incita a enfurruñarme y a pensar que soy la única tonta que se acuerda de las cosas “importantes” aunque luego procure reflexionar hasta recapacitar que si soy tonta es porque la importancia es absurda y me la impongo yo por cabezonería. Y que importa mucho más una frase sincera dicha ayer, aunque sea un simple “ven” (con todo lo que ella puede significar), que algo obligado dicho hoy porque un número nos lo marca.

Porque ni los sentimientos ni las palabras deben tener fecha ni hora sino salir cuando salgan, en su momento justo. Que realmente el tiempo no existe ni marca nada, simplemente pasa. Y que el camino y sus vueltas las decidimos nosotros, al igual que la gente que nos acompaña.

Por eso, hoy me obligo a cambiar el sonido irritante de la campanita de mi cabeza por el sonido de una felicidad libre y atemporal, aunque duradera, y llena de momentos sin fecha exacta en mi mente pero igualmennte grabados a fuego en ella, como una primera caricia, un abrazo en el momento justo, una ilusión hecha realidad, o una película con Él. Y hoy ese sonido suena como aquella canción de esa gran película, El Graduado: “Here my words that I might teach you, take my arms that I might reach you…”. Os dejo con ella, The Sound of Silence:

LOST – THE END

24 may

Yo era de esas que se negaba a ver Lost. Decían que enganchaba demasiado y que explicaban menos cosas aún. Decían que era épica pero no había una cadena fija para verla. Decían que era bonita pero que la tensión y el sufrimiento estaban demasiado presentes. Me recordaba a Supervivientes y a El Internado a la vez, y la veía absurda. Por eso yo siempre decía que no la iba a ver, que no era para mí, hasta que alguien me convenció. Y a Él -además de a esos locos guionistas y a series yonkis- le doy mis gracias más profundas por estas maravillosas seis temporadas que hoy han llegado a su fin. “Tú eres friki por naturaleza”, me decía. “Te encanta rallarte con la literatura, te tiene que encantar esta serie”. Por aquel entonces era el parón de guionistas y Él me propuso empezarla desde el principio conmigo, acompañarme en el viaje hasta que juntos nos engancháramos al ritmo de los nuevos capítulos.
Empecé con sensaciones adversas -vidas pasadas un tanto extrañas, llantos insufribles por querer salir de allí…- pero acabé viendo más de un capítulo por día y sin poder parar. Para mí lo peor fue llegar al ritmo de USA y tener que esperar una semana, o incluso más, para  poder ver un nuevo episodio de esta magnífica y especial historia.

Me enamoré de Jack desde un principio, pero no fue hasta la aparición de Ben Linus y mis pesadillas con sus terroríficos ojos saltones cuando me di cuenta de que ya no podía vivir sin la serie. He envidiado a Kate y Juliet y a la vez he sentido pena por ellas, me he quedado asombrada por Sayid y su admirable fuerza, he alucinado con la íncreible personalidad Sawyer y sus apodos inigualables, le he cogido un cariño tremendo a Hugo, he desarrollado una confianza extrema hacia Locke, y una ternura insaciable hacia Claire, Charlie y su Aaron. He soñado con una relación como la de Bernard y Rose. He llegado a comprender a Jin pero sobre todo a ponerme en la piel de Sun, y creo que no había llorado tanto ante una pantalla como lo hice el día de su muerte. He echado de menos a Walt, pero sobre todo al espiritual Mr. Eko, y en mi recuerdo siguen la tierna Libby e incluso la odiosa Ana Lucía que ya no lo es tanto. He imaginado que yo era Richard Alpert, Jacob, o hasta su madre, y he divagado sobre cómo acabar con el dichoso humo negro. He pensado y repensado teorías, las he comentado con mis amigos y he vivido momentos que difícilmente pueda revivir.
¿Y ahora qué? Ha llegado el final y con él una dura despedida. A muchos les ha decepcionado y yo lo entiendo, esperaban más respuestas. Yo misma, fan absoluta de la ciencia ficción y la filosofía pero escéptica hasta la médula, no he parado durante toda la serie de pedir explicaciones y enlaces correctos y muchos -tal vez demasiados- se han quedado en el aire. Pero, a pesar de todo, he quedado muy satisfecha. La historia ha tenido un principio y un fin donde lo más importante ha sido el largo camino dce entresijos que hay entre ellos. Y ese fin es mucho más complejo de lo que algunos han querido ver.

[Aquí hago un inciso para cagarme en la madre que parió a los del debate de Cuatro que ha seguido a la retransmisión del capítulo final -con fallos en los subtítulos, por cierto-. A la García-Siñériz: si no has visto el capítulo, ¿qué haces ahí? Y, sobre todo, a la tipa de rojo: si no has entendido el final, cállate y no lo reduzcas a un simple sueño ni a que todos hubieran muerto en el avión.]

El final ha sido predecible pero sorprendente, místico pero hermoso a la vez, tenso pero muy sentimental, y sobre todo, bonito. Es un final. Discutible, claro, pero totalmente lícito y admirable. Un final que ha mantenido fielmente la audacia narrativa que ha caracterizado a la serie desde sus inicios. Una serie que ha llevado a los extremos los flashbacks, que nos dejó perplejos cuando los combinó con flashforwards sin avisarnos, que ha combinado realidades paralelas y viajes en el tiempo con dificultad pero con maestría, y que en el capítulo final ha enlazado las vidas de los personajes y sus encuentros con una emotividad y una fuerza impresionantes.

Lost ha demostrado, a pesar de que podemos encontrar múltiples vinculaciones y similitudes con otras series y libros, que no todo estaba escrito. Y esos personajes cuyas biografías hemos ido tejiendo a través de los capítulos y las temporadas, todos ellos, por mucho que Lost haya terminado, van a quedar por siempre en nuestras memorias. Y lo mejor, es que a pesar de haber llegado al fin, el misterio continúa. Y todos estamos muertos, pero nadie muere solo, por mucho que nos dijeran que “vivir juntos, morir solos”. Y todo, absolutamente todo, pasa por una razón, sólo falta saber encontrarla.

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