Archivo | noviembre, 2010

Aída, Sabina… del amor y la muerte.

22 nov

El viernes pasado fui a ver la ópera Aída al Palau de les Arts y me emocioné. Aunque no entienda yo mucho de si la soprano era lo suficientemente buena o de si la orquesta lo hizo lo mejor posible, sí que sé que el conjunto sonaba genial, y que el montaje no me defraudó, especialmente en los dos primeros actos tan espectaculares, con un ballet impresionante, el coro y todos los cantantes sobre el escenario. De hecho, me di cuenta de que había trozos que mi memoria se sabía aunque yo no lo creyera (es lo que tiene haberse criado con tanta música clásica que no llego a diferenciarla hasta que no la vuelvo a oír). Pero más allá de la espectacularidad de la ópera y de las áreas más o menos conocidas, con saltos de Lorin Maazel incluidos en la que será una de las últimas producciones que dirija -por cierto, estaba casi encima de él y si hubiera tenido mi cámara con el teleobjetivo habría hecho fotos muy chulas-, lo que me conmocionó más de lo esperado fue la historia, a pesar de que ya sabía lo que sucedía.

De las historias de patria, amor y muerte, Aída es una de las más conocidas y repetidas. La decisión que toma ella de morir con él cuando es condenado a ser enterrado vivo por culpa de una traición que ella le ha incitado a cometer por amor a su patria es, cuanto menos, bastante dramática pero también surrealista en los tiempos que corren. Sin embargo, yo me emocioné como una tonta mientras el mitad del dueto final era interrumpido por una música mucho más moderna. Sabina vino a mi cabeza con la que es una de mis canciones favoritas: Y morirme contigo si me matas, y matarme contigo si te mueres… porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren. Sensiblona que estoy. Mejor dicho, que soy. Hasta el punto de no sólo ser dramática sino de no ser capaz de hacer caso a Sabina y cambiarle su canción…

Yo SÍ quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.

Yo no quiero vecinas con pucheros;
yo SÍ quiero sembrar Y compartir;
yo SÍ quiero catorce de febrero
Y cumpleaños feliz.

Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.

Yo SÍ quiero domingos por la tarde;
yo SÍ quiero columpio en el jardín;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí…

Maldito finde rojo, o morado… o yo qué sé.

14 nov

Hace mucho que ya puse aquí este artículo. Pero casi nadie lo leyó, o al menos nadie lo comentó, así que no me importa repetirme. Y estos días me viene mejor aún que cuando lo puse por primera vez. Además de que es uno de mis favoritos, aunque lo escribí hace ya bastante tiempo. Me parece que cuando se acabe 101 dálmatas… va a volver a caer Breakfast at Tiffany’s acompañada de chocolate a tutiplén. Aquí os lo dejo:

Audrey Hepburn, enfundada en su magnífico Givenchy negro al principio de su particular Desayuno con diamantes, le describía a George Peppard –sí, ese que luego fue Hannibal en el Equipo A- que había días en los que lo veía todo de color rojo.

—¿Color rojo? Querrá usted decir negro.

—No. Se puede tener un día negro porque una se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe por qué.

Curiosa distinción de colores. Todos tenemos días negros, de esos en los que llegas tarde aunque no quieras, en los que no pasa un taxi cuando más lo necesitas, en los que se pone a llover y parece que lo haga sólo porque tú has tendido la ropa o has lavado el coche, o en los que el funcionario de turno de cualquier administración pública parece haber preparado las oposiciones específicas para acabar de fastidiarte el día. Días en que pasan varias de estas cosas, o todas estas cosas a la vez, o todas estas cosas y alguna otra más.

Pero esos días normalmente optamos por gritarle cuatro insultos y/o amenazas al funcionario de turno, al taxista en cuestión que pasa de largo, al cielo que diluvia aun sabiendo que no nos oye, o al pobre desgraciado sin culpa que nos espera en casa sin saber que hemos tenido un maldito día negro y que le ha tocado soportarnos. Se siente. Para lo bueno y para lo malo, ¿no? Y después de desahogarnos nos acostamos, hartos ya de resoplar –gesto infinitamente repetido en los malditos días negros-, pensando una de las frases hollywoodienses por excelencia: “Mañana será otro día”, y sabiendo que son ínfimas las probabilidades de que ese mañana vuelva a ser negro. Porque esos días, al fin y al cabo, suelen ser días sueltos (¡y menos mal!).

Sin embargo… ¿qué hacemos con los días que sentimos miedo? Será porque me han machacado con asociaciones en las que el rojo siempre se refería al amor y la pasión, o al odio y la venganza –por aquello de que siempre suele haber sangre-; pero al miedo, al miedo nunca le habría puesto el rojo. Al miedo también le pega el negro, o un gris oscuro, pero no vale repetir. La sensación es muy diferente; tiene que tener un color propio. ¿El rojo? ¿Y por qué no? Roja es la querida menstruación femenina, que suele conseguir que nuestras hormonas estén dispuestas a facilitarnos ese sentimiento de temor y desasosiego. Rojas son las cajas de Prozac, y muchas veces una cosa lleva a la otra.

Pero pensándolo bien creo que a mí me gusta más el morado para mis días así. Pero bueno, sean del color que sean –y ya cada cual que le ponga su propio color si quiere-, también estos días son malditos. Y tan malditos. Porque cuando se tiene uno no se conforma con fastidiarnos esas 24 horas, sino que muy probablemente nuestro maldito día rojo se transforme en varios días de los que nos será bastante difícil salir y en los que cada vez el rojo es más intenso –en mi caso el morado va pasando a un sepulcral nazareno-. Y eso es porque al simple miedo se le suele sumar la melancolía, el cansancio, el dolor, y la inevitable tristeza que va bastante más allá del “estás triste nada más” con el que describía Audrey a los días negros.

Pero hay que salir. Pensando que no hay motivos por los que no tener miedo, pensando en cosas alegres o, simplemente, utilizando el clásico remedio de las típicas películas americanas: comprando un gran tarro de helado y viendo una película ñoña con final feliz. Engordará, pero es mejor que el Prozac y, además, los días en los que una se engorda ya son negros –que no rojos- y, ya se sabe, si tienes un día negro, al día siguiente no toca.

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