Archivo | enero, 2012

De cena con Roberto Torretta

31 ene

El martes pasado tuve la gran suerte de asistir a una cena en Bokado (el restaurante del Museo del Traje de Madrid que, por cierto, no sabía yo que pertenecía al gran pero carísimo Arzak) con el diseñador Roberto Torretta. Estaba un día mirando Twitter (como siempre) cuando vi que ofrecían la oportunidad de apuntarse a este evento como forma de promocional el Gastrofestival que se está viviendo durante estas dos semanas en la capital madrileña, en colaboración con Madrid Fusión, así que no lo pensé ni un segundo y pedí cuatro plazas para ir con unos amigos del máster antes de que se agotaran (la cena era sólo para 30 personas, y había otra parecida con Modesto Lomba para el viernes).

Fue todo un éxito. Tanto el menú, que estaba realmente delicioso (eligido por el propio Torretta), como la interesante charla con Roberto que estuvo muy amable sentándose a comentar con nosotros lo que hacíamos y cómo veía el futuro.

Para cenar tuvimos:

- Ensalada de ventresca

- Ravioli de txangurro (me pudo el ansia y no me acordé de hacer la foto de rigor)

- Charlota de ternera con berenjena y crema de patata trufada (¡impresionante!)

- Postre: tableta de chocolate y café

Todo ello acompañado de un blanco de Rueda y un crianza de Rioja (estaba demasiado emocionada como para fijarme en los nombres, disculpadme).

Además, tuve la oportunidad de conocer a Javo y Sil, mundialmente conocidos por su desternillante y genial blog La otra horma del zapato. Fue el momento “soy vuestra fan” de la noche. Muy majos ellos.

Fue un gran noche que, por cierto, terminó con la invitación por parte de Roberto a su desfile del jueves en la Mercedes Benz Fashion Week de Madrid (#MBFWM, oséase, la Cibeles de toda la vida). Así que allí nos veremos :) ¡GRACIAS por todo!

¿Qué os ha parecido?

Gracias, Rafa Nadal

30 ene

Lo de ayer fue un partido épico, pero no el más épico que el tenis me ha hecho vivir. El tenis, ese deporte que de pequeña consideraba aburrido e inexplicable (¿de 15 se pasa a 30, de 30 a 40, y si empatan se vuelve a bajar a 30? incomprensible) lleva años haciéndome sentir (gritar, sufrir, emocionarme, enfadarme) incluso más que el Barça de Pep. Y eso es mucho decir.

Creo que tenía 12 años cuando decidí darle una oportunidad a ese deporte que ocupaba varias horas en el televisor de mi casa en contra de mi voluntad y de la de mi madre. Mi padre lo veía y nosotras leíamos, jugábamos a algo o salíamos a pasear con tal de evitar los jadeos contínuos y los comentarios en voz alta de mi padre a sabiendas que no nos interesaba lo que decía.

Sin embargo, hubo un día en que eso cambió por mi parte (mi madre, la pobre, sigue igual o peor, porque ahora nos tiene que aguantar a los dos). Era un frío día de diciembre del año 2000 y la opción de salir a pasear no resultaba válida. España disputaba la final de la Copa Davis contra Australia y la relevancia del acontecimiento estaba por encima de nuestra voluntad de forzarle a cambiar de canal. Es lo que tiene tener sólo una televisión. Así que supongo que pensé aquello de “si no puedes con el enemigo, únete a él” (eso y que no paraban de enfocar a Àlex Corretja y me parecía rematadamente mono).

Partido tras partido, me pasé el fin de semana intentando comprender qué tenía ese deporte. Aprendí qué era un ace, qué era un tie-break y qué narices significaba deuce. Empecé a celebrar puntos, juegos y sets. Ya no había vuelta atrás. Ese deporte empezaba a tener su encanto, a pesar de los jadeos y ruiditos molestos. Además, España ganó su primera Copa Davis, y eso siempre ayuda.

A partir de ahí, y a partir del Open de Australia que ganó André Agassi en 2001, supe también qué significaban los Gran Slam, aprendí las diferencias entre hierba, pista rápida y tierra batida y me esforcé por entender cómo funcionaba (más o menos, que es muy complejo) la lista ATP.

Sin embargo, mentiría si dijera que seguía muchos de los torneos. Me informaba, sí. Veía los partidos que veía mi padre si no tenía nada mejor que hacer, me alegré cuando en 2003 Juan Carlos Ferrero fue número 1 (a pesar de que nunca me ha caído bien) y me gustaba ver jugar a un tal Roger Federer que parecía que no sudaba nunca y que desprendía una elegancia innata tanto en la pista como fuera de ella. Pero no fue hasta 2005 cuando realmente me enganché. Y la culpa fue tuya, Rafa.

Yo tenía 17 años, y tú, Rafael Nadal, con sólo dos años más que yo, llegaste a París para jugar tu primer Roland Garros y conseguiste ganarlo con una fuerza y una intensidad que emocionaban a cualquiera. Con ganas, muchas ganas. Pero con una humildad y un saber estar que sorprendían muy gratamente. Todo un ejemplo. Decidí seguirte (a pesar de que declararas ser del Madrid, cosa que sigo sin perdonarte siendo sobrino de quien eres) y sigo haciéndolo sin arrepentirme.

Desde entonces me has hecho vivir emociones incalculables y soy capaz de recordar las diez finales de los diez Grand Slam que has ganado -especialmente la de aquel Wimbledon eterno contra Federer en el que la lluvía interrumpió el partido varias veces para seguir dándote fuerzas en un terreno que no era el tuyo- pero también recuerdo muchas de las que has perdido.

Supongo que tiene que ser muy duro que venga un chaval que va de gracioso y logre ganarte, pero ten claro que no va a ser siempre así. Ayer no lo conseguiste, pero por muy poco. Y luchaste hasta el final, con toda tu fuerza y toda tu energía, punto a punto, como a mí me gusta.

Por eso, hoy vengo a decirte bien claro que sigo confiando en ti. Que, por favor, no te vengas abajo, aunque sé de antemano que tú nunca lo harás. Que eres un grande, leyenda viva, pero que aún te queda mucha historia por escribir. Y yo la viviré contigo.

Va por ti, Rafa.

Gracias, por todo lo que ya ha sido y por todo lo que vendrá.

PD: Ayer muchos tuvimos que vivir la trepidante final del Open de Australia entre Rafa Nadal y Novak Djokovic por internet y en malas condiciones porque sólo se emitía en Canal+ y en Eurosport. Que un partido de esa relevancia mediática sólo pueda verse por canales de pago resulta lamentable. La crónica imprescindible: aquí, por Juan José Mateo.

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